Fea: industrial, plana, dispersa, informe, neutra, desabrida, sin personalidad... ¡Uf! De entrada, la ciudad no me sugirió ni un sólo adjetivo positivo. Primera impresión de Grande Prairie (GP): absolutamente negativa.
Un par de imágenes de muestra para dar una idea del lugar; o, en cualquier caso, de esa deplorable impresión inicial. La foto superior corresponde a las vistas desde la ventana del hotel. La segunda está tomada en los alrededores del centro.
No obstante, aún es muy pronto para sacar conclusiones sobre un sitio que, en realidad, desconozco. A veces, la primera impresión no es la que queda ni la que cuenta. Residir en una ciudad con encanto, como Edimburgo, comporta, innegablemente, un bonus estético, un placer visual; pero, al fin y al cabo, el sentirnos bien o apreciar un lugar determinado radica más en las experiencias que vivimos en él y en las personas con las que coincidimos y nos relacionamos, que en el entorno físico que nos rodea. Esta ciudad se merece una oportunidad, sería injusto despreciarla sin tomarme la molestia y el esfuerzo de explorarla en profundidad.
La primera mañana en la ciudad conocimos a la que ha sido nuestra proveedora, intendente, consejera, cicerone,... Nuestra hada madrina particular en GP: Esther (pronúnciese con la sílaba tónica en la "Es", ÉSther, que ya nos corrigió un par de veces, la mujer). Esther es la "relocation manager" (agente de traslados/recolocación) que nos ha proporcionado la empresa para ayudarnos en todo lo que necesitemos. Tan diferente de cuando emigré a Edimburgo, adonde llegué sin conocer a nadie y me solventé la papeleta sin apoyo ninguno y con un inglés macarrónico de segundo de EOI. Gracias a ella, las gestiones básicas se resolvieron rápida y cómodamente. Viajando con un bebé de trece meses, el contar con asistencia hace que todo resulte mucho más fácil; "smooth", que diría mi chico. En menos de tres horas, disponíamos de número de la seguridad social, médico, registro para tasas y licencia de conducir. Además de haber fijado una cita, después de las fechas navideñas, en una entidad bancaria para abrir una cuenta. Pasamos con Esther la mayor parte del día: desde las 11 de la mañana hasta las 5 de la tarde. Al final de la jornada, aparte de lo ya mencionado, teníamos una silla de coche para Aidan, teléfono canadiense, el compromiso por su parte de localizarnos algunas casas en alquiler en diferentes zonas de la ciudad para visitarlas antes de Año Nuevo y un vehículo de alquiler para poder movernos a nuestro aire .
Aquí nuestro medio de transporte familiar: un jeep cherokee. Para mí, acostumbrada a mi Clio (y mi querido Nikita, aquel frío Renault 5 con el que me estrené como conductora) sentarme al volante de este trasto supone poco menos que conducir un camión. Y este modelo es de los más pequeños que se encuentran por aquí. Calculando "grosso modo", me arriesgaría a afirmar que alrededor de un 80% de los vehículos que circulan por GP se corresponden con camionetas de las conocidas como "pickups" (tipo la Nissan Navara, aunque de tamaño considerablemente mayor de las que se ven en España, con unos neumáticos descomunales y alturas de vértigo), o lo que aquí llaman SUV's (Sport Utility Vehicle), híbrido entre todoterreno y berlina. El Cherokee entraría en esta categoría. Dominan los modelos americanos de Ford, Dodge, Chevrolet y algún que otro japonés, principalmente Nissan y Toyota.
El asunto de la conducción dio de sí, provocando unas risas en la chica de la oficina y en Esther (que se despidió de nosotros por la tarde diciéndonos que se lo había pasado muy bien y que éramos muy divertidos. No estoy segura de si lo que le hizo tanta gracia fue la mezcla de una "fiery Spanish", exaltada y enérgica y que no se calla ni debajo del agua, y un escocés sosegado e irónico, que dice a todo que sí y luego hace lo que le viene en gana; el caso es que me quedé con la percepción de que nos consideraba una pareja bastante cómica). A lo que iba, el permiso de conducción. Llevábamos media hora con los trámites para homologar nuestros documentos, escuchando explicaciones y respondiendo a diferentes preguntas, cuando la chica que nos atendía se fijó en mi carnet de conducir. "¡Ah! Pero... Tu permiso es español". "Sí, tengo carnet español". "Pues aquí no te vale, puedes conducir con él durante 90 días, pero estás obligada a examinarte y sacarte la licencia de Alberta". "¿¿¡¡What!!?? (la expresión más exacta, que reprimí por educación, hubiera sido: ¿¡WTF!?). "Sí, lo siento, pero el permiso español no está reconocido aquí". "Pero, pero, pero... ¡No es justo! ¡Él conduce por el lado equivocado y yo por el correcto (viejo y manido juego de palabras en inglés: "right" (derecha y correcto) en oposición a "wrong" (equivocado, erróneo) y "left" (izquierda)). La chica se lo tomó a broma, dándome la razón; mientras yo despotricaba con humor unos minutitos más, cagándome interiormente en la Commonwealth, el rey Jorge y la madre que parió a la reina Isabel. La comprension y simpatía de la oficinista no me libraron de abandonar el establecimiento con un libro de autoescuela bajo el brazo.
Una vez solos, ya en el hotel, sacamos el paquete que la madre de Joe nos había dado el día previo a nuestra partida, con la indicación de abrirlo en nuestro domicilio provisional antes de Navidad. Era un "kit" de adornos que incluía espumillón y unos angelitos de rafia de comercio justo (no podía ser de otra manera, tratándose de Jen) muy monos. Como no teníamos dónde colgarlos decidimos salir a comprar un árbol pequeño y barato. El comercio más cercano es Wal-Mart, cadena americana en la que nunca había estado antes y a la que nunca volveré. Una y no más. Con el arbolillo cochambroso en el coche, regresamos al hotel y montamos un cutre rincón con la intención de crear un poco de ambiente en la impersonal habitación que ahora mismo constituye nuestro hogar. No estoy muy segura de haber logrado el objetivo que perseguíamos.Aquí, la prueba del delito...
De camino a "casa", paramos en una tienda de licores (acabábamos de enterarnos de que los supermercados de alimentación no despachan bebidas alcohólicas, sólo los comercios autorizados y dedicados exclusivamente a la venta de alcohol) para comprar unas cervezas. Al ir a pagar, la chica de la caja nos pide la documentación, mirando a Joe. "¿Sólo la suya?", pregunto. "No, en realidad, sólo quiero ver la tuya", me contesta. Sobre su cabeza cuelga un cartel que reza: "Prohibida la venta a menores de 25 años". Yo, alucinando: "¿En serio?" (un apunte, creo que necesario: mi pareja es unos -cuantos- años más joven que yo). Le tiendo el pasaporte: "¿De verdad crees que tengo menos de 25 años?". "Sí, de verdad". "Vas a flipar", le dice mi chico. Ella mira la fecha, me mira a mí y me devuelve el pasaporte sonriendo. Obviamente, más contenta que unas pascuas, le devuelvo la sonrisa. "Gracias, ¡me has alegrado el día!". ¡¡¡15 años que me ha quitado la tía!!! ¡¡¡ Ahí es "ná"!!! Huelga decir que la segunda noche en GP dormí como un angelito arrullada por la ilusión de haber vuelto por unos segundos a mis veintipocos.
Mientras transcribo estas notas, Joe, que ha salido hace escasos dos minutos a jugar fuera con el niño, irrumpe en la habitación con Aidan en brazos. "María, ven, corre ¿quieres ver una cosa?". Me conduce hasta una de las ventanas traseras del hotel y señala hacia los edificios del otro lado de la carretera: "¡Mira! ¿Los ves?". Dos ciervos cruzan la calzada con total parsimonia, al más puro estilo "Doctor en Alaska", obligando a un coche a detenerse para cederles el paso. Es una lástima, pero están demasiado lejos para sacarles una foto con la cámara compacta o el móvil. Ojalá esta escena se repita y podamos inmortalizarla.
Qué miedo me dan esas armas ahí... :( creo que algo así no lo veremos en españa, qué mal rollo!!!
ResponderEliminarUn beso muy fuerte
Esperemos que no...
ResponderEliminarBesitos