Pensábamos que la temporada de nevadas estaba "over" y ni mucho menos. Mientras escribo estas líneas, afuera arrecia un tormentón de nieve impresionante. Esta semana hemos ido servidos: media hora cada mañana para aclarar el coche, que amanecía cubierto de dos/tres palmos de blanco... Y me ha tocado desempolvar las botas, que llevaban más de quince días en el fondo del armario, sin ver la luz. Ahora que la vegetación comenzaba a asomar en el jardín y en los márgenes de las carreteras, vuelve a rodearnos un manto de blancura impoluta. A ver lo que dura!
Nosotros seguimos estableciendo nuestra rutina y ampliando nuestro círculo social. El Parents Link Center continúa siendo nuestro centro de operaciones. Acudimos a diferentes actividades un mínimo de tres días por semana. Los viernes nos reunimos con el playgroup de nuestro distrito, Mission States, donde, aunque empezamos un poco cohibidos, parece que nos vamos soltando. Allí hemos encontrado tres o cuatro mamis con las que congeniamos (utilizo el plural porque vamos los dos, el peque y yo, pero en realidad la cohibida era yo y la que congenia también).
Conocimos este grupo de una forma un tanto curiosa, al menos para mí. Unos días antes de instalarnos en la casa, tuvimos que venir para que nos instalaran la televisión por cable e Internet. Al abrir la puerta, Joe se tropezó con un hoja de papel. En ella, se nos emplazaba a una reunión vecinal en el gimnasio de un colegio del barrio cuyo único fin era el poner en contacto a los residentes de la zona y facilitar la relación entre los mismos. A mí, en principio, la iniciativa me resultó un poco "americana", me recordaba a escenas que sólo había visto en películas o series de televisión (no pude evitar que mi imaginación proyectara un "Welcome to Wisteria Lane"). Aunque consideré que sería una oportunidad para involucrarnos más en nuestro nuevo lugar de residencia (cosa que jamás, ni en España ni en Escocia, me había importado demasiado), no tenía muy claro si asistir. El caso es que la convocatoria coincidió con la semana que llegaron nuestras pertenencias y nos establecimos en la casa y con la primera ausencia de Joe. Estaba sola y sin nada que hacer un sábado por la tarde; así que, ni corta ni perezosa, cuando llegó la hora de la cita, allí me planté con el enano. A la entrada del gimnasio, detrás de unas mesas de aula, nos recibió N., una chica sonriente y de trato agradable, que me entregó dos etiquetas adhesivas y un rotulador para que escribiera nuestros nombres y los pegara en un lugar visible y me instó a rellenar un formulario con nuestra dirección y datos personales. Nos quedamos con ella unos quince minutos, charlando y respondiendo a sus preguntas. Cuando llegaron nuevos asistentes, pasamos al gimnasio. La reunión no estaba muy concurrida: 5 ó 6 parejas jóvenes con niños de entre 2 y 6 años (dos de ellos, los hijos de N.). Al ser un grupo reducido, la comunicación fluyó rápida y fácilmente y al poco de llegar, Aidan ya estaba haciendo de las suyas por la pista de baloncesto y yo había entablado conversación con un par de chicas. Apareció N., que había abandonado el puesto de bienvenida, e inmediatamente se acercó hacia nosotros. Aidan le cogió un aprecio especial, se enganchó a su pierna y no se soltó prácticamente hasta que nos fuimos. Algo extraño en él, que suele ser muy sociable, pero manteniendo las distancias. Lejos de molestarse, a N. la situación le hizo mucha gracia y a mi me gustó la forma en que se dirigía a mi peque, con cariño, como si lo conociera de toda la vida. Supongo que me dejé llevar positivamente por el instinto de mi hijo. Allí fue donde N. me comentó la existencia de Helping Hands (el playgroup de los viernes) y me invitó a unirme a ellas.
Helping Hands (manos "ayudadoras", "ayudantes" o que ayudan) representa algo más que un grupo de juego. Las madres que lo fundaron llevan años quedando y organizan diferentes actividades, algunas de ellas "sólo para mamás": noches de "chicas", en las que quedan para cenar; salidas a caminar (walking group) en primavera y verano; cursos de primeros auxilios en el hogar (enfocados a "accidentes" infantiles)... Sin embargo, el proyecto que más me llamó la atención fue la "Babysitting Co-op", que consiste en una pequeña coperativa a través de la que se prestan unas a otras un servicio para cuidar a los niños cuando sea menester. Disponen de un grupo en Internet donde se publican las demandas de apoyo. Un ejemplo: "¿Alguien disponible para cuidar a X el martes 20 de 10 a 12? Tengo cita con el dentista". Y las que pueden se ofrecen y se concretan los detalles: el cómo, el dónde (si lo pasan a recoger, si hay que acercar al niño a la casa en cuestión...). Se pagan 20 dólares al entrar a formar parte (hay que solicitar la pertenencia) de la cooperativa y luego 20 dólares anuales, que se destinan a las reuniones mensuales y a otras necesidades. Se exige a todo el que participa (de hecho, a todo adulto que habite en la casa familiar, no sólo al que se vaya a encargar del menor) que presente un "Criminal record check" (lo que vendría a ser un certificado de penales), lo que confiere bastante seguridad y tranquilidad. Según está planteado, este sistema es de gran utilidad, sobre todo para los que no cuentan con el apoyo de la familia. Significa una forma un tanto peculiar de "hacer tribu" en un lugar en el que gran parte de la población es foránea.
A pesar de que valoro esta excelente idea y reconozco su conveniencia, no me atrevo aún a incorporarme a la cooperativa. Quizá a medida que profundice en las relaciones con el resto de las componentes. Entre ellas, es evidente que existe una gran confianza, fruto del tiempo y el conocimiento mutuo (aunque dos o tres son relativamente recién llegadas, unos meses o menos de un año en la ciudad, con lo que supongo que mi reticencia entraña cierto recelo personal). Uno de los motivos que me provocó esa timidez inicial, nada característica de mi personalidad, al entablar contacto con estas madres fue precisamente, la impresión de grupo cerrado que transmitían. Ahora, después de varios encuentros, he logrado romper el hielo y cada día me siento más cómoda entre ellas. Si la relación fructifica, igual en un par de meses podré ir a depilarme cuando realmente lo necesite, sin cuadrar fechas ni tener en cuenta si Joe está aquí o perdido allá por el norte...
viernes, 24 de febrero de 2012
lunes, 13 de febrero de 2012
Nuestro humilde hogar...
Aquí dejo unas imágenes de nuestra casa:
Puerta principal y pasillo de entrada
Sala de estar-comedor-cocina
Cocina-comedor-sala de estar
Sala de estar-comedor-cocina
Cuarto de Aidan
Cuarto de Aidan
Sala de estar II-Cuarto de los libros
Sala de estar II-Cuarto de los libros
Dormitorio principal
Mañana (o en cuanto encuentre otro ratito) intentaré colgar fotos del que fue, desde 1981 hasta 2004, el mayor centro comercial del mundo: West Edmonton Mall.
Recuperando el tiempo perdido
Llevo tanto tiempo sin escribir en el blog que se me acumulan los acontecimientos y las historias que me gustaría contar. En cualquier caso, ya advertí de mi carácter anárquico e inestable en la presentación de este humilde proyecto.
Ya llevamos más de tres semanas en la casa. Dos de ellas solos el peque y yo. Entramos un martes y el miércoles enviaron a Joe a su primer trabajo de campo, con lo que la cuestión de organizar se alargó más de lo deseado. Pero bueno, eso es ya pasado. Reciente, pero pasado afortunadamente. Ahora nuestras pertenencias ya han encontrado su lugar y la comodidad se ha instalado finalmente en nuestra existencia. ¡Hogar, dulce hogar!
Surgieron un par de inconvenientes ya solucionados. El principal: voltaje eléctrico. Nadie me había avisado de que en Canadá la electricidad funciona a 110V. Así que, una vez desembalados, me encontré con que mis electrodomésticos no me servían de nada: ni cafetera express, ni equipo de música, ni tele… Vale, que no cunda el pánico, tiramos de transformador y solucionado. Pues no, no era tan fácil. Tras un largo peregrinaje de establecimiento en establecimiento, nos dimos de bruces con la realidad de este rincón del mundo al que nos hemos trasladado: no existía ni un mísero transformador de potencia en GP. Y, sorpresa mayúscula, tampoco en Edmonton, la supuesta “big city”, que así perdió para mí su cualidad de “big” y casi que la de “city” también. Al final, aunque tampoco fue tarea sencilla, los conseguimos por Internet y nos han llegado a mitad de semana.
En los primeros días libres de Joe, bajamos a Edmonton – capital política de Alberta, la capitalidad económica le corresponde a Calgary – de compras. No visitamos los alrededores ni nos detuvimos a hacer turismo. Íbamos a traernos lo que necesitábamos y no nos encantamos en contemplaciones. No vimos mucho más que los imponentes edificios de cristal del centro y los comercios a los que entrábamos, lista en mano. No obstante, Edmonton me dejó la impresión de una ciudad con mucha vida interior. Esto se debe al sistema que utilizan para evitar salir al exterior en época de bajas temperaturas: el pedway system. El pedway consiste en un complejo entramado de pasadizos que comunica hoteles, bancos, centros comerciales, plazas y transporte público, permitiendo recorrer la zona central de la ciudad sin poner un pie en la calle. Reconozco que resulta muy práctico cuando el termómetro marca 20 grados bajo cero, aunque por otro lado, le resta vitalidad y dinamismo a la ciudad, cuyas calles aparecen vacías y sin vida.
Con motivo de este viaje, comentaba el otro día con una amiga acerca de cómo cambian las cosas según en qué parte del mundo vivas. Todo es relativo. Y el relativismo se ha establecido en mi nueva existencia. Para los locales, Edmonton está aquí al lado: a “tan sólo” cinco horitas en coche (¡OMG! ¡A la vuelta misma de la esquina!). Pero, claro, teniendo en cuenta el tamaño de este país, las distancias canadienses no tienen nada que ver con las españolas o las escocesas. En eso radica la principal diferencia entre vivir en un país XXL o en países, como aquel que dice, de bolsillo. Otro aspecto que ha adquirido una nueva dimensión es la temperatura. De toda la vida me han conocido en mi familia como la friolera “number one”. Me costaba mucho sacar la ropa de verano o quitar la colcha y la manta; en cuanto acababa septiembre, me acoplaba delante de la estufa, chimenea o cualquier artefacto que produjera calor y hasta junio permanecía, cuando estaba en casa, pegada al artefacto en cuestión. Aquí, 5 grados me parecen gloria bendita, como una primavera anticipada. Y menos 3 o menos 5 no representan más que una ligera incomodidad. Y pensar que no hace ni cinco años, con el simple hecho de figurarme esas temperaturas se me congelaba la imaginación.
En este tiempo, ya casi dos meses y parece que aterrizamos anteayer, hemos ido profundizando un poco más en el día a día de GP y entablando algunas relaciones.
Una de las primeras personas que conocí fue S., canadiense que domina el español y profesora del College regional. S. proviene de Manitoba, pero reside en Alberta desde hace más de 40 años. Es una mujer encantadora, dulce, discreta, cercana… Hemos quedado un par de veces a tomar algo con ella y su amiga C., mexicana que lleva en GP unos 7 años. Mi primera conversación en castellano tuvo lugar en un café con estas dos mujeres a las tres semanas de nuestra llegada. Ellas me informaron de cómo era la vida y la gente de GP. Aún recuerdo a C. preguntándome, “¿Y qué? ¿Te gusta Grande Prairie?” y a S. respondiendo antes de que yo pudiera siquiera abrir la boca: “No la pongas en un compromiso que ahora tendrá que ser educada y diplomática; no nos va a decir que no. Pero ¿A alguien le puede gustar esto?”. Aquella misma tarde escuché por primera vez (luego ha habido alguna más) la afirmación de que en este lugar existe racismo, de que esta parte de Canadá es diferente al resto, de que la gente carece de cultura e inquietudes… No sé. De momento, continúo asumiendo una actitud observadora y evito juzgar. Por otro lado y para ser justa, he de reconocer que, hasta ahora, no he vivido ninguna experiencia negativa.
Hay más gente que forma parte de nuestro día a día: K. y K., madre e hija del Parents Link Center (PLC) con las que coincidimos en distintas actividades; V. y Z., otra mamá del PLC y su peque, con los que nos hemos encontrado por casualidad en la piscina varias veces; M. y sus nenes, J. y T., una chica venezolana con la que parece que está germinando una relación más estrecha; las más recientes N., R., J., y otras mamás del grupo de nuestro barrio (en otro post me extenderé sobre ellas)… La verdad, en poco tiempo hemos logrado hacernos un hueco. Mudarse con un bebé de 13 meses comporta muchos inconvenientes y alguna ventaja, quizá a la que más provecho le estamos sacando es a la de relacionarnos con otras madres, que nos permite contar con un poquito de vida social. Y cuando con algunas de ellas hablas de algo diferente a los niños: política, cultura,… sientes que estás regresando al mundo, que aún formas parte de él.
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