Finalmente, llegó. El invierno está aquí. El sábado no paró de nevar en todo el día y a primera hora de la noche estábamos a -25º. El domingo nos despertamos con la agradable temperatura de -22º, y así se mantuvo hasta primera hora de la tarde, que empezó a bajar un poquito más.
Teníamos que salir porque necesitábamos ultimar algunos detalles de la casa (entre otras cosas, habíamos quedado con el técnico para instalar Internet), en la que ya estamos instalados, desde el martes. El domingo salimos a las 9.30 de la mañana y volvimos a las 6 de la tarde (con una Roomba en el maletero del coche!!!! Yey! Tengo un robot que va a barrer por mí!!!). Desde entonces, no he sido capaz de quitarme esta canción de la mente; iba tarareándola interiormente de punta a punta de GP, mientras hacíamos nuestras compras.
Si Alaska (ya ves, el nombre artístico nos viene que ni al pelo) está en lo cierto, yo debo aparentar ahora mismo unos quince años o menos. Tengo la piel tersa (más bien mega-estirada, por el principio de congelación; no me arriesgo a sonreir por miedo a que se me abran grietas junto a los labios) y suave (como la superficie recién pulida de un lago helado). Si hay escasez de médicos de familia, de cirujanos plásticos ya ni te cuento. Total, aquí se arruinarían. Mejor que se queden por California, que tanto sol seguro que produce unas arrugas de espanto.
Y así ha seguido la semana. El lunes, entre -27 y -30, y aún así, nosotros a lo nuestro: actividades en el Centro de Padres y en la biblioteca. El martes habíamos quedado con el conductor del camión para descargar nuestras cosas en la casa. Nos levantamos a las 6.30 y la temperatura era de 38 grados bajo cero. Y la resistimos! Llevo a Aidan forrado para blindarlo contra el frío: unas 4 capas debajo del chaquetón y pantalones acolchados sobre los normales, dos pares de calcetines, calentadores, guantes y gorro con interior de borreguito... Abulta tres veces su tamaño y casi no se puede mover con tanta ropa, pero mejor una movilidad limitada que un catarro monumental. Y más, teniendo en cuenta como está el tema médico por aquí...
Os dejo unas imágenes de las condiciones a las que nos enfrentamos cada mañana, cuando salimos de casa. Seguiré hablando del frío, representa un aspecto importante (probablemente, ahora mismo, el más importante) de nuestra nueva vida en Canadá.
Reescribo este texto desde mi sofá, junto a mi chimenea de palo (es de gas con troncos simulados) y mi cocina. Empecé a redactar la entrada el domingo (o el lunes, con tanta nieve se me congelan las neuronas y no recuerdo bien), la guardé para acabarla cuando Aidan se despertó de su siesta, impidiéndome seguir, y hasta hoy no he podido retomarla (aprovechando otra siesta del enano). Lo dejo aquí, que ya me reclama el príncipe de la casa.
jueves, 19 de enero de 2012
martes, 10 de enero de 2012
Wrong, wrong, wrong...
Y tan equivocada!!! Resulta que el primer día que quedamos con Esther (la "relocation manager") yo estaba convencida de que, entre otras cosas, habíamos conseguido la adjudicación de médico. But no. Craso craso craso error!!! Mío, of course, que a veces no me entero de la misa la media (se está tan ricamente y tan bien en Babia...). A través de su gestión, obtuvimos número de la seguridad social (lo que nos acredita como usuarios de pleno derecho de la sanidad pública canadiense) y una identificación de tasas para contribuir, con la retribución laboral, a la seguridad social (que es distinta al número en sí y se tramita aparte); pero el tema del doctor, según he descubierto hoy, nos lo tenemos que solventar nosotros...
Esta mañana hemos ido por tercera vez al Centro de Padres (Parent's link) al que me apunté la semana pasada para mantenerme ocupada y entretenida con Aidan durante el día. Es un espacio administrado por una asociación sin ánimo de lucro que ofrece muchísimos recursos para madres e hijos: grupos de apoyo de lactancia, de múltiples, de nuevas mamás y postparto, de autismo; escuela para padres con opción a diversos seminarios y servicio de guardería incluido durante las horas lectivas... Dispone de diferentes aulas para los niños, enfocadas a distintas actividades, y un extenso programa: gimnasia, Tiny Tumblers (Pequeños saltimbanquis); el clásico playgroup, Come play with me; cuentacuentos, Books for babies; Música, Come sing with me y Singing with Liz, y más, mucho más, por el módico precio de los 10 dólares que cobran por registrarse (los cursos de padres se pagan aparte y son asequibles, no abusan). El viernes pasado cantamos con Liz. Liz es una señora de entre 50 y 60 años, de pelo blanco y sonrisa perenne, que aparece con su guitarra y sus cajas repletas de instrumentos: castañuelas, sonajeros, cascabeles, campanas, panderetas, xilófonos... Anima a los niños, de edades variadas entre los 0 y los 5 años, a que toquen los instrumentos, que los hagan sonar, que jueguen con ellos. La primera parte de su "clase" consiste en dejar a los peques a su aire, experimentando con los sonidos, las formas, los materiales.... Pasada una media hora, empuña su guitarra y, sin sacarla de la funda, empieza un juego de adivinanzas y bromas con los niños: "A ver si me decís lo que traigo aquí dentro... Uhmmmmm, un perro, aquí está mi perro" "Nooooooooooooo", contestan a coro los mayores. "Un camión, creo que es un camión" "Nooooooooo". Y así, entre bromas y observaciones disparatadas, se los va metiendo en el bolsillo, ganándose su confianza y estableciendo una complicidad con ellos. El resto de la hora y media que dura su "performance" es todo cantar y bailar. Puro divertimento infantil.
El caso es que después del entretenido rato que pasamos con Liz, una de las monitoras del centro me comentó que los martes acude una enfermera pediátrica que pasa consulta de forma gratuita y que si la necesitaba, estaba a mi disposición. No me lo pensé ni un minuto. Me interesaba hablar con ella por el tema de la vacunación y para pedirle orientación sobre el sistema sanitario canadiense, del que francamente no tengo ni idea de cómo funciona. Y allá que nos hemos plantado a las 9 de la mañana, después de mi primera experiencia conductora en plena "tormentilla" de nieve con ventisca añadida (voy a tragarme la lengua y a no nombrar nunca jamás en ningún post al benigno invierno de las narices: dos veces que lo menciono, dos veces que al día siguiente va y nieva). Pues bueno, miramos lo de las vacunas, me dice que reserve una cita con el Public Health para cotejar las británicas y las canadienses y ver si hay alguna que sea necesaria aquí y que no pongan en UK; acto seguido pesa a Aidan, y le echa una miradita general para comprobar que está sano y bien. Nos ponemos a hablar y empiezo a preguntarle sobre el médico de familia. Le explico lo que yo (¡ilusa de mí!) creía y me responde que el tema no tiene nada que ver con lo que le estoy diciendo, que he de ir a una consulta y postularme como "cliente" y (aquí viene lo bueno) tener mucha suerte para que me admitan. Suerte no porque sean muy selectivos con la clientela, si no porque van de cabeza los valientes tres (TRES!!!!) doctores que atienden a la población de GP, que supera los 50.000 habitantes, y alrededores, que no sé cuántos serán, pero un puñadito seguro que hay. ¡Se me han caído los palos del sombrajo! Me ha recomendado que vaya personalmente y tempranito porque, como están tan saturados, a la una del mediodía muchos días ya han cerrado. Según la enfermera, seguramente me incluirán en una lista de espera (que, visto lo visto, será kilométrica) y me ha aconsejado que me lo tome con tranquilidad. "No te quiero desanimar, pero últimamente no están aceptando nuevos pacientes". Pues querer no querrás, pero yo me he quedado desmoralizada del todo. ¡Ríete tú de los recortes en España! En mi vida había visto nada tan recortado como esto...
Antes de venir, me informé y tenía entendido que la sanidad canadiense era de lo mejorcito que se podía encontrar. Y mala no será, médicamente hablando, pero administrativamente... Quizá peco de cortita, pero sinceramente no entiendo cómo distribuyen y deciden la asistencia que requiere una determinada población. Sí o sí, a tantos habitantes deberían corresponder tantos médicos, digo yo. Esta chica me ha señalado que están intentando remediar el problema de la escasez, aunque resulta difícil... "porque ningún médico quiere venirse a vivir aquí, ¿no?", he terminado yo la frase. La pobre me ha mirado con una media sonrisa, como avergonzada de confirmar ese extremo a una recién llegada a la ciudad, y se ha encogido de hombros, hundiendo un poco la cabeza. Lógicamente, no se les puede obligar, si no quieren. Si el sistema funciona como en el Reino Unido, no existe una solucion sencilla o rápida, porque el servicio es público, pero la gestión de los ambulatorios es privada y los profesionales disfrutan de libertad de decisión y movimiento. Imagino que una de las opciones consistiría en ofrecer incentivos imposibles de rechazar. Pero yo ni soy política, ni gestora de sanidad. Sólo soy una madre preocupada por la atención médica de su hijo. Así que nada... nos toca ponernos a la caza y captura de un doctor. En general, somos una familia de salud fuerte, aunque algún virus que otro ha hecho mella en nuestra fortaleza. Cuando se presenten los primeros bichitos canadienses, ya veremos cómo quedamos...
Esta mañana hemos ido por tercera vez al Centro de Padres (Parent's link) al que me apunté la semana pasada para mantenerme ocupada y entretenida con Aidan durante el día. Es un espacio administrado por una asociación sin ánimo de lucro que ofrece muchísimos recursos para madres e hijos: grupos de apoyo de lactancia, de múltiples, de nuevas mamás y postparto, de autismo; escuela para padres con opción a diversos seminarios y servicio de guardería incluido durante las horas lectivas... Dispone de diferentes aulas para los niños, enfocadas a distintas actividades, y un extenso programa: gimnasia, Tiny Tumblers (Pequeños saltimbanquis); el clásico playgroup, Come play with me; cuentacuentos, Books for babies; Música, Come sing with me y Singing with Liz, y más, mucho más, por el módico precio de los 10 dólares que cobran por registrarse (los cursos de padres se pagan aparte y son asequibles, no abusan). El viernes pasado cantamos con Liz. Liz es una señora de entre 50 y 60 años, de pelo blanco y sonrisa perenne, que aparece con su guitarra y sus cajas repletas de instrumentos: castañuelas, sonajeros, cascabeles, campanas, panderetas, xilófonos... Anima a los niños, de edades variadas entre los 0 y los 5 años, a que toquen los instrumentos, que los hagan sonar, que jueguen con ellos. La primera parte de su "clase" consiste en dejar a los peques a su aire, experimentando con los sonidos, las formas, los materiales.... Pasada una media hora, empuña su guitarra y, sin sacarla de la funda, empieza un juego de adivinanzas y bromas con los niños: "A ver si me decís lo que traigo aquí dentro... Uhmmmmm, un perro, aquí está mi perro" "Nooooooooooooo", contestan a coro los mayores. "Un camión, creo que es un camión" "Nooooooooo". Y así, entre bromas y observaciones disparatadas, se los va metiendo en el bolsillo, ganándose su confianza y estableciendo una complicidad con ellos. El resto de la hora y media que dura su "performance" es todo cantar y bailar. Puro divertimento infantil.
El caso es que después del entretenido rato que pasamos con Liz, una de las monitoras del centro me comentó que los martes acude una enfermera pediátrica que pasa consulta de forma gratuita y que si la necesitaba, estaba a mi disposición. No me lo pensé ni un minuto. Me interesaba hablar con ella por el tema de la vacunación y para pedirle orientación sobre el sistema sanitario canadiense, del que francamente no tengo ni idea de cómo funciona. Y allá que nos hemos plantado a las 9 de la mañana, después de mi primera experiencia conductora en plena "tormentilla" de nieve con ventisca añadida (voy a tragarme la lengua y a no nombrar nunca jamás en ningún post al benigno invierno de las narices: dos veces que lo menciono, dos veces que al día siguiente va y nieva). Pues bueno, miramos lo de las vacunas, me dice que reserve una cita con el Public Health para cotejar las británicas y las canadienses y ver si hay alguna que sea necesaria aquí y que no pongan en UK; acto seguido pesa a Aidan, y le echa una miradita general para comprobar que está sano y bien. Nos ponemos a hablar y empiezo a preguntarle sobre el médico de familia. Le explico lo que yo (¡ilusa de mí!) creía y me responde que el tema no tiene nada que ver con lo que le estoy diciendo, que he de ir a una consulta y postularme como "cliente" y (aquí viene lo bueno) tener mucha suerte para que me admitan. Suerte no porque sean muy selectivos con la clientela, si no porque van de cabeza los valientes tres (TRES!!!!) doctores que atienden a la población de GP, que supera los 50.000 habitantes, y alrededores, que no sé cuántos serán, pero un puñadito seguro que hay. ¡Se me han caído los palos del sombrajo! Me ha recomendado que vaya personalmente y tempranito porque, como están tan saturados, a la una del mediodía muchos días ya han cerrado. Según la enfermera, seguramente me incluirán en una lista de espera (que, visto lo visto, será kilométrica) y me ha aconsejado que me lo tome con tranquilidad. "No te quiero desanimar, pero últimamente no están aceptando nuevos pacientes". Pues querer no querrás, pero yo me he quedado desmoralizada del todo. ¡Ríete tú de los recortes en España! En mi vida había visto nada tan recortado como esto...
Antes de venir, me informé y tenía entendido que la sanidad canadiense era de lo mejorcito que se podía encontrar. Y mala no será, médicamente hablando, pero administrativamente... Quizá peco de cortita, pero sinceramente no entiendo cómo distribuyen y deciden la asistencia que requiere una determinada población. Sí o sí, a tantos habitantes deberían corresponder tantos médicos, digo yo. Esta chica me ha señalado que están intentando remediar el problema de la escasez, aunque resulta difícil... "porque ningún médico quiere venirse a vivir aquí, ¿no?", he terminado yo la frase. La pobre me ha mirado con una media sonrisa, como avergonzada de confirmar ese extremo a una recién llegada a la ciudad, y se ha encogido de hombros, hundiendo un poco la cabeza. Lógicamente, no se les puede obligar, si no quieren. Si el sistema funciona como en el Reino Unido, no existe una solucion sencilla o rápida, porque el servicio es público, pero la gestión de los ambulatorios es privada y los profesionales disfrutan de libertad de decisión y movimiento. Imagino que una de las opciones consistiría en ofrecer incentivos imposibles de rechazar. Pero yo ni soy política, ni gestora de sanidad. Sólo soy una madre preocupada por la atención médica de su hijo. Así que nada... nos toca ponernos a la caza y captura de un doctor. En general, somos una familia de salud fuerte, aunque algún virus que otro ha hecho mella en nuestra fortaleza. Cuando se presenten los primeros bichitos canadienses, ya veremos cómo quedamos...
lunes, 9 de enero de 2012
Icy paths
Bueno... Parece que ya nos vamos amoldando a la ciudad... Y adaptándonos... Adaptándonos a establecer una rutina diaria sin la compañía continuada de papá, a conducir nuestro camión amarillo en esta distribución de calles y avenidas enlazadas de forma perfectamente organizada (numeradas y ordenadas en forma ascendente de este a oeste, las calles, y descendente de norte a sur, las avenidas), a comprar en supermecados con marcas y productos desconocidos, a jugarnos la vida caminando sobre hielo y a la ausencia de nieve de este insólito invierno que persiste en su indulgencia, regalándonos un clima extremadamente apacible para esta zona y esta época del año.
Inauguramos 2012 literalmente temblando. La mañana del 1 de enero amaneció con la cifra de menos 20 grados brillando en la pantalla del termómetro digital. Con tal bajada de temperatura, interpretamos que la tan temida inclemencia de Alberta hacía, finalmente, acto de presencia. ¡Nada más lejos de la realidad! En la última semana, hemos disfrutado de mañanas "cálidas" -menos 2/3 grados de mínima, la más fría- y soleadas y alguna que otra tarde-noche lluviosa. Problema: lluvia = agua. Agua que se congela con el frío del amanecer, formando extensas capas de hielo en aceras y asfalto que se van derritiendo en las horas del mediodía y transformándose en una trampa resbaladiza y mortal. ¡Horrible desplazarse apenas unos centímetros sobre esa superficie deslizante! Te sientes como un funambulista intentando mantener el equilibrio sobre la cuerda floja: brazos en cruz, pasos cortos y colocación estudiada y segura de cada pisada. Aún así, nada ni nadie te libra de unos cuantos patinazos...
A pesar del riesgo manifiesto de trompazo, cruzar las amplias carreteras de esta población, construida atendiendo a la comodidad de los vehículos como premisa principal y con absoluto menosprecio hacia el peatón, no entraña un peligro excesivo gracias a la amabilidad de los conductores. Rostros cordiales que sonríen, con contadas excepciones, desde detrás del volante y no dudan en detenerse y ceder el paso a los viandantes en cada intersección. Con la santa paciencia, además, de esperar a una patosa porteadora de bebé, que avanza con inseguridad y a una velocidad de tortuga y se toma sus buenos cinco minutos para alcanzar el otro lado de la calzada.
Resulta frustante para una paseante vocacional constatar la imposibilidad de recorrer la ciudad a pie sin exponerse a sufrir un desagradable percance. La semana pasada, cogimos el autobús hasta el centro y, una vez allí, en el reducido perímetro del núcleo urbano, que conforman las cuatro calles de pequeños comercios más o menos tradicionales, estuvimos a punto de estamparnos en unas diez ocasiones. Casi cada persona con la que nos encontramos tras un mostrador y entablamos conversación repetía: "GP no es una ciudad para caminar; y mucho menos con este hielo". Aún así, quizá en un intento estúpido de demostrar mi intrepidez y mi capacidad (¿Demostrar a quién?, me pregunto a toro pasado,... ¿A mi hijo de 13 meses?), o tal vez por pura y simple obstinación, me atreví a andar unas 3 avenidas extra hasta la biblioteca y, ya envalentonada, 5 más y un par de calles de propina hasta el Centro de Padres. Y ya puesta y para rematar la absurda obsesión que me dominaba aquella mañana, y que de paso me exponía tonta y gratuitamente a un esguince o algo peor, regresé caminando las 8 avenidas y dos calles que me separaban de la parada del autobús. Acabé, cuatro horas después de haberlo abandonado, de vuelta en el hotel con un dolor de corvas impresionante, provocado por la fuerza que había estado ejerciendo con mis piernas contra el suelo para evitar el morrazo.
Ahora puedo corroborar la afirmación de los tenderos de GP. Y lo que es más, asegurarlo desde el conocimiento empírico que me otorga la experiencia: "es una kk total patearse GP cuando todo el firme está congelado". Que sí, que cómo se puede ser taaaaaan corta, que debería haberlo sabido de antemano, que soy una testaruda y una imprudente y que no me valía con todo lo que me habían dicho y ya había comprobado previamente... ¿Qué se le va a hacer? Soy así de obtusa: tenía que cerciorarme y convencerme definitivamente de que sin el coche no voy a ningún lado en esta ciudad. Desde ese patético día, Aidan y yo vamos motorizados a todas partes.
Inauguramos 2012 literalmente temblando. La mañana del 1 de enero amaneció con la cifra de menos 20 grados brillando en la pantalla del termómetro digital. Con tal bajada de temperatura, interpretamos que la tan temida inclemencia de Alberta hacía, finalmente, acto de presencia. ¡Nada más lejos de la realidad! En la última semana, hemos disfrutado de mañanas "cálidas" -menos 2/3 grados de mínima, la más fría- y soleadas y alguna que otra tarde-noche lluviosa. Problema: lluvia = agua. Agua que se congela con el frío del amanecer, formando extensas capas de hielo en aceras y asfalto que se van derritiendo en las horas del mediodía y transformándose en una trampa resbaladiza y mortal. ¡Horrible desplazarse apenas unos centímetros sobre esa superficie deslizante! Te sientes como un funambulista intentando mantener el equilibrio sobre la cuerda floja: brazos en cruz, pasos cortos y colocación estudiada y segura de cada pisada. Aún así, nada ni nadie te libra de unos cuantos patinazos...
A pesar del riesgo manifiesto de trompazo, cruzar las amplias carreteras de esta población, construida atendiendo a la comodidad de los vehículos como premisa principal y con absoluto menosprecio hacia el peatón, no entraña un peligro excesivo gracias a la amabilidad de los conductores. Rostros cordiales que sonríen, con contadas excepciones, desde detrás del volante y no dudan en detenerse y ceder el paso a los viandantes en cada intersección. Con la santa paciencia, además, de esperar a una patosa porteadora de bebé, que avanza con inseguridad y a una velocidad de tortuga y se toma sus buenos cinco minutos para alcanzar el otro lado de la calzada.
Resulta frustante para una paseante vocacional constatar la imposibilidad de recorrer la ciudad a pie sin exponerse a sufrir un desagradable percance. La semana pasada, cogimos el autobús hasta el centro y, una vez allí, en el reducido perímetro del núcleo urbano, que conforman las cuatro calles de pequeños comercios más o menos tradicionales, estuvimos a punto de estamparnos en unas diez ocasiones. Casi cada persona con la que nos encontramos tras un mostrador y entablamos conversación repetía: "GP no es una ciudad para caminar; y mucho menos con este hielo". Aún así, quizá en un intento estúpido de demostrar mi intrepidez y mi capacidad (¿Demostrar a quién?, me pregunto a toro pasado,... ¿A mi hijo de 13 meses?), o tal vez por pura y simple obstinación, me atreví a andar unas 3 avenidas extra hasta la biblioteca y, ya envalentonada, 5 más y un par de calles de propina hasta el Centro de Padres. Y ya puesta y para rematar la absurda obsesión que me dominaba aquella mañana, y que de paso me exponía tonta y gratuitamente a un esguince o algo peor, regresé caminando las 8 avenidas y dos calles que me separaban de la parada del autobús. Acabé, cuatro horas después de haberlo abandonado, de vuelta en el hotel con un dolor de corvas impresionante, provocado por la fuerza que había estado ejerciendo con mis piernas contra el suelo para evitar el morrazo.
Ahora puedo corroborar la afirmación de los tenderos de GP. Y lo que es más, asegurarlo desde el conocimiento empírico que me otorga la experiencia: "es una kk total patearse GP cuando todo el firme está congelado". Que sí, que cómo se puede ser taaaaaan corta, que debería haberlo sabido de antemano, que soy una testaruda y una imprudente y que no me valía con todo lo que me habían dicho y ya había comprobado previamente... ¿Qué se le va a hacer? Soy así de obtusa: tenía que cerciorarme y convencerme definitivamente de que sin el coche no voy a ningún lado en esta ciudad. Desde ese patético día, Aidan y yo vamos motorizados a todas partes.
miércoles, 4 de enero de 2012
The House
Dejé pendiente la publicación de las fotografías de nuestra choza en el último post. Y aquí están. Presentación oficial del que será, en breve, nuestro nuevo hogar:
Es un adosado con dos plantas (y media) y garaje. En la planta baja está la cocina (con horno y lavaplatos), en open plan con zona para comer y zona de sala de estar, un aseo pequeño con lavabo y la puerta al jardín, que da a la parte trasera. Los dueños están acabando de pintar y de arreglar algunos detalles. El martes, cuando fuímos a firmar el contrato, nos aseguraron que para el fin de semana la tendrán a punto y podremos entrar a vivir el sábado.
El piso superior tiene tres habitaciones: una grande y dos más pequeñas, baño principal con bañera y la zona de lavandería (un cuartito con la lavadora, secadora y estantes). Todas las habitaciones (y el vestíbulo) disponen de armarios empotrados. Así que contamos con espacio de "storage" de sobra. Fundamental para mí.
La media planta corresponde al sótano, que está sin terminar (por eso el precio es bastante asequible, considerando la localización y el tamaño de la propiedad), pero que se puede utilizar como una habitación más (Joe está pensando en montarse ahí una sala de juegos -ejem, ejem). Aquí hay un tercer aseo con ducha (ahora que lo pienso, parece Villa Meona, pero en realidad está bien eso de tener un servicio en cada planta).
La casa está situada en un barrio residencial muy tranquilo, cerca de la piscina cubierta, al lado de un parque de juegos y a un paseo por la orilla del río, Bear Creek (ahora mismo congelado), de Muskoseepi Park (abajo).
A finales de semana, iremos a comprar una cama y un sofá (que ya hemos visto), ya que excepto los muebles auxiliares, el resto de nuestro mobiliario se encuentra en el piso de Joe en Edimburgo, que está alquilado.
Por lo demás, de momento nos tocará comer en platos de plástico, porque nuestras pertenencias, que salieron de Escocia a finales de noviembre, llegaron a Calgary la semana pasada. Ahora uno de nosotros se tiene que desplazar hasta allí para firmar la entrada en el país y revisar que no falte nada; requisito indispensable para que las traigan hasta GP. Un engorro, ¡vaya! Básicamente, porque o me toca a mí coger avión sola con el enano o le toca a Joe pedir un día libre para ir él. Y, total, para aterrizar, firmar y volver. No más de tres horas en la ciudad.
Hemos comprobado que, realmente, el coche resulta absolutamente imprescindible, sobre todo en invierno. Yo sigo cogiendo el camión todos los días un rato para acostumbrarme a las dimensiones. Aparcar ese armatoste es una historia, incluso con los espacios XXL (proporcionados a las carretera y los vehículos de este país). Aunque disfrute (y mucho) conduciéndolo, no puedo evitar pensar que me llamo Manolo o Ramón o Pepe cuando me siento al volante del trasto amarillo. ¡Se me pone una cara de camionero cabreado alucinante!
martes, 3 de enero de 2012
Desbarrando... Y algo de hockey
Después del paréntesis de Año Nuevo, retomo mi cuaderno virtual. Tampoco es que haya habido muchos acontecimientos reseñables estos días: un partido de hockey, un nuevo hogar (de verdad, con su cocina, sus baños, su habitación...) y poco más. No obstante, GP continúa siendo lo suficientemente novedoso como para generar algo de redacción. El problema vendrá cuando llegue la rutina, Joe se vaya a trabajar a las plataformas del norte por dos semanas y Aidan y yo nos quedemos en casa enterrados en nieve. Entonces, quizá este blog se transforme en el diario de una plañidera...
Alguien me dijo que los primeros días tras la mudanza vendrían a encarnar el inicio de una romance: excitación, pasión, novedad... Creo que es cierto, aunque parcialmente. No se ha producido un enamoramiento con este lugar; consecuentemente no existe el ardor apasionado. Sin amor la sangre no se enciende, no hierve; no sobreviene la locura ni el frenesí. Esto resta algo de entusiasmo a la aventura. Sin embargo, la novedad, la diferencia, el contraste con lo vivido anteriormente, sí aporta esa pequeña propina que representa el descubrir poco a poco lo inexplorado. Y, en este sentido, es equiparable al conocimiento gradual del otro en una relación romántica.
Quizá, la falta de pasión entrañe una especie de beneficio: una mayor objetividad a la hora de valorar el contexto. La ausencia de enajenación nos dota de una mirada más higiénica, más libre, cargada, en cualquier caso, de curiosidad. Y, tal vez, aporte también carencia de expectativas y, por lo tanto, de decepciones. Cada rincón, por muy anodino que sea, puede esconder una pequeña sorpresa, cosas simples que se agradecen por el mero hecho de que no esperábamos hallarlas en un lugar perdido, gris y plano como este. Encontrar una librería bien abastecida, un establecimiento de lanas regido por una viejecita encantadora, una tienda de juguetes... Insignificancias que tontamente nos alegran una mañana.
Empiezo a considerar GP como el mejor amigo del chico que te gusta a los 15 años. Ese chaval simpático y atento que te cae bien pero no te provoca nada especial, con el que acabas enrollándote por la razón equivocada. Ese al que utilizas para estar más cerca del verdadero objeto de tu adoración, que ni siquiera ha reparado en ti. Este idilio rebotado suele terminar mal; pero, en ocasiones excepcionales, se convierte en una bonita historia de amor. Anhelaba conocer Canadá y me he instalado en GP para tener la oportunidad de moverme, de viajar, a través de este inmenso país. GP es el campamento base. El amigo feo del que, quien sabe, tal vez un día me enamore.
De momento, ni devoción ni ternura. Seguimos en la fase de aproximación. Intentando profundizar en el entorno y sus gentes. Y, para ello, nada mejor que acudir a un evento deportivo local: partido de hockey sobre hielo.
Los equipos (Grande Prairie Storm Vs Lloydminster Bobcats) pertenecen a la Junior League de la provincia de Alberta y están formados por chicos de entre 17 y 20 años. Nosotros íbamos con el Storm, "of course". Nos gustó la esperiencia. Mi contacto con este deporte se limitaba a "El castañazo" (comedia de los 70 con Paul Newman) y una peli de mi adolescencia protagonizada por Rob Lowe y Patrick Swayze, que recordaba vagamente y que he tenido que googlear para identificar: "Youngblood". El espectáculo en directo resultó menos violento de lo que en principio imaginábamos iba a ser. Aún así, indudablemente se trata de una disciplina de contacto, las cargas cuerpo contra cuerpo, empujando al jugador contrario contra el muro se sucedieron a lo largo de todo el encuentro. Y presenciamos una pelea individual entre dos jugadores que, por lo que me documenté tras el partido, se permiten siempre que no se utilicen los sticks y los sujetos envueltos en la refriega se hayan deshecho de protecciones como los guantes. Lo asombroso de la escena, aparte de la pelea en sí, fue ver a los árbitros de testigos principales, contemplando impasibles como se zurraban y escuchar al público jaleando a los contendientes. El ambiente se acaloró y los asistentes parecían incluso más animados tras el encontronazo.
En la entrada y el interior del pabellón se podía leer en diversos carteles que aquél era un recinto familiar, y, de hecho, en las gradas se distinguía una abundante concurrencia de público infantil: muchos bebés (incluido el nuestro) y niños por debajo de los 5 años. A pesar de todo, el ice-hockey se considera apto para menores. Agresividad y excesos físicos aparte, es fascinante observar a los jugadores patinando a velocidades increíbles, admirar cómo se desplazan sobre el hielo, la agilidad, la pericia en el manejo del stick... La rapidez y la destreza no dejan lugar al aburrimiento.
Alguien me dijo que los primeros días tras la mudanza vendrían a encarnar el inicio de una romance: excitación, pasión, novedad... Creo que es cierto, aunque parcialmente. No se ha producido un enamoramiento con este lugar; consecuentemente no existe el ardor apasionado. Sin amor la sangre no se enciende, no hierve; no sobreviene la locura ni el frenesí. Esto resta algo de entusiasmo a la aventura. Sin embargo, la novedad, la diferencia, el contraste con lo vivido anteriormente, sí aporta esa pequeña propina que representa el descubrir poco a poco lo inexplorado. Y, en este sentido, es equiparable al conocimiento gradual del otro en una relación romántica.
Quizá, la falta de pasión entrañe una especie de beneficio: una mayor objetividad a la hora de valorar el contexto. La ausencia de enajenación nos dota de una mirada más higiénica, más libre, cargada, en cualquier caso, de curiosidad. Y, tal vez, aporte también carencia de expectativas y, por lo tanto, de decepciones. Cada rincón, por muy anodino que sea, puede esconder una pequeña sorpresa, cosas simples que se agradecen por el mero hecho de que no esperábamos hallarlas en un lugar perdido, gris y plano como este. Encontrar una librería bien abastecida, un establecimiento de lanas regido por una viejecita encantadora, una tienda de juguetes... Insignificancias que tontamente nos alegran una mañana.
Empiezo a considerar GP como el mejor amigo del chico que te gusta a los 15 años. Ese chaval simpático y atento que te cae bien pero no te provoca nada especial, con el que acabas enrollándote por la razón equivocada. Ese al que utilizas para estar más cerca del verdadero objeto de tu adoración, que ni siquiera ha reparado en ti. Este idilio rebotado suele terminar mal; pero, en ocasiones excepcionales, se convierte en una bonita historia de amor. Anhelaba conocer Canadá y me he instalado en GP para tener la oportunidad de moverme, de viajar, a través de este inmenso país. GP es el campamento base. El amigo feo del que, quien sabe, tal vez un día me enamore.
De momento, ni devoción ni ternura. Seguimos en la fase de aproximación. Intentando profundizar en el entorno y sus gentes. Y, para ello, nada mejor que acudir a un evento deportivo local: partido de hockey sobre hielo.
Los equipos (Grande Prairie Storm Vs Lloydminster Bobcats) pertenecen a la Junior League de la provincia de Alberta y están formados por chicos de entre 17 y 20 años. Nosotros íbamos con el Storm, "of course". Nos gustó la esperiencia. Mi contacto con este deporte se limitaba a "El castañazo" (comedia de los 70 con Paul Newman) y una peli de mi adolescencia protagonizada por Rob Lowe y Patrick Swayze, que recordaba vagamente y que he tenido que googlear para identificar: "Youngblood". El espectáculo en directo resultó menos violento de lo que en principio imaginábamos iba a ser. Aún así, indudablemente se trata de una disciplina de contacto, las cargas cuerpo contra cuerpo, empujando al jugador contrario contra el muro se sucedieron a lo largo de todo el encuentro. Y presenciamos una pelea individual entre dos jugadores que, por lo que me documenté tras el partido, se permiten siempre que no se utilicen los sticks y los sujetos envueltos en la refriega se hayan deshecho de protecciones como los guantes. Lo asombroso de la escena, aparte de la pelea en sí, fue ver a los árbitros de testigos principales, contemplando impasibles como se zurraban y escuchar al público jaleando a los contendientes. El ambiente se acaloró y los asistentes parecían incluso más animados tras el encontronazo.
En la entrada y el interior del pabellón se podía leer en diversos carteles que aquél era un recinto familiar, y, de hecho, en las gradas se distinguía una abundante concurrencia de público infantil: muchos bebés (incluido el nuestro) y niños por debajo de los 5 años. A pesar de todo, el ice-hockey se considera apto para menores. Agresividad y excesos físicos aparte, es fascinante observar a los jugadores patinando a velocidades increíbles, admirar cómo se desplazan sobre el hielo, la agilidad, la pericia en el manejo del stick... La rapidez y la destreza no dejan lugar al aburrimiento.
Con tanto divagar, se me ha echado el tiempo encima. La descripción y las imágenes de la casa que hemos alquilado quedan postergadas para otra entrada.
Ah! Se me olvidaba añadir el resultado del partido: perdieron los locales 2-4. Creo que hemos escogido un mal año para mudarnos, el equipo ha ganado varias veces la liga provincial, pero esta temporada están los penúltimos de la división norte. Habrá que acudir a menudo a apoyar a estos chicos... ¿Qué no nos sacaremos abono...?
jueves, 29 de diciembre de 2011
Into the wild
¡Otro día agotador en Grande Prairie! Hoy de papeleo y ayer de montaña.
Ayer fuimos a Jasper. 400 km de ida y otros tantos de vuelta que nos dejaron destrozados, pero que merecieron la pena. El paisaje nos dejó sin respiración: impresionante. Y la paz y el silencio que se respiraban, casi una experiencia mística.
Antes comento que aún no hemos visto nevar y antes nieva. Nos levantamos a las cinco de la mañana para salir a las seis. Aquí amanece sobre las nueve y empieza a oscurecer a las cuatro o cuatro y media; con el madrugón, intentábamos aprovechar las horas de luz al máximo. Cuando bajamos al coche comenzaban a caer tímidamente unos copos, que se intensificaron en la primera parte de nuestro viaje. Sintonizábamos en la radio una emisora local y según dejábamos la ciudad atrás el locutor ofrecía la predicción meteorológica: "nueva jornada soleada en GP, previsión de 4 grados bajo cero para el día de hoy y la nieve que sigue sin aparecer. Hoy tampoco nevará". Y yo mirando por la ventanilla del coche y pensando, "¡Ahí le han 'dao', han acertado de pleno!¡Qué hachas!". Y, en esto, la voz de la locutora: "¿Hoy, dices? Bueno, no sé yo, porque ahora mismo esta nevando". Y el otro: "¿Ahora? ¿Qué me dices?". Al minuto, llamó un oyente para confirmar que sí, que nevaba. Y el locutor, intentando cubrir la papeleta, recurriendo a observaciones graciosas y chistes fáciles. Me recordó a la BBC escocesa, que cada vez que consultaba la web a ver cómo iba a ser el día, no atinaban ni de casualidad. Aunque en Escocia, país de clima inestable, donde el cielo cambia de luminoso a cubierto en cuestión de segundos, no resulta nada sencillo realizar un pronóstico fiable.
Durante el trayecto en coche, tuve la oprtunidad de comprobar la inmensidad de este país. Sólo existe una única población entre GP y Jasper, Grande Cache, situada aproximadamente a mitad de camino. Entre estos tres puntos, aparte de una mina de carbón, de tamaño considerable y completamente mecanizada, kilómetros y kilómetros de "evergreen woods" (bosques de árboles de hoja perenne: pino, cedro y arce, principalmente), sin edificaciones visibles, al menos desde la carretera. Ni tan siquiera una simple gasolinera donde repostar si vas justo de fuel.
Jamás me había sentido tan sumamente inmersa en la naturaleza (ni en espacios tan increíbles como Ordesa y Monte Perdido o Aigüestortes, que considero una maravilla). El entorno, aún en la carretera, apabullaba; cuando llegamos al parque fue, por momentos, como sumergirnos en una tierra salvaje, absolutamente agreste, donde, a pesar de advertirse en algunos lugares la huella del hombre, todo parecía inalterado, incorrupto.
El Parque Nacional de Jasper se encuentra al norte de las rocosas canadienses. Su extensión ocupa alrededor de 11.000 kilómetros cuadrados, con lo que sólo nos dio tiempo a ver una pequeña (minúscula) parte (volveremos, volveremos, volveremos). El lugar alberga una fauna variada de la que pudimos contemplar in situ ardillas rojas, diferentes tipos de aves, varias cabras (especie autóctona, cabra de las rocosas, creo que la llaman), un coyote, caribús en abundancia y un animal indeterminado de grandes dimensiones, un caribú o un alce, posiblemente, en estado de descomposición que devoraban cuatro cuervos junto a la carretera. Aunque nuestro primer encuentro con la fauna local se produjo de forma accidentada, cuando estuvimos a punto de atropellar a un ciervo, unos 250 km antes de llegar a nuestro destino. Un grupo de tres atravesaron corriendo la carretera, completamente ajenos a los vehículos que circulaban, y al tercero le pudimos contar hasta las manchas del pecho, dado que Joe, con unos reflejos para mí envidiables, alcanzó a frenar a escasos dos palmos de su hocico. No me dio tiempo ni a coger la cámara de lo inesperado y la velocidad a la que sucedió todo. A las que sí me dio tiempo a inmortalizar fue a las cabras que, a la entrada del parque, interrumpían el tráfico -aparte de por cruzar la calzada sin mirar a nada ni a nadie, como los ciervos, aunque con mucha menos agilidad que éstos- porque los conductores no dudaban en detenerse para sacarles fotos.
Abajo, los caribús:
A medida que se avanza hacia el interior del parque, el paisaje se va transformando, adquiriendo un carácter más abrupto.
Sobrecoge hallarse en medio de las gigantescas montañas que forman las rocosas. Unas cumbres imponentes, coronadas por masas ingentes de nieve que inspiran un respeto casi religioso, y en las que reina tal quietud, que uno no se atreve a hablar en un tono ligeramente elevado por miedo a provocar una avalancha. Por las actividades que se ofertan, suponemos que durante el verano la aglomeración de visitantes y turistas impedirá disfrutar de esta tranquilidad. En invierno, como comprobamos, es un remanso de paz.
Nuestra visita se limitó a Maligne Canyon, Maligne River y Maligne Lake. Se ve que teníamos el día maligno del todo, ayer. El cañón causa vértigo. Es una sima pedregosa e insondable, en la que en muchos tramos apenas se vislumbra el cauce del río que recorre el fondo. En otros, se aprecia, e incluso se oye, el agua corriendo bajo las capas de hielo. Alucinante la visión de la cascada congelada.
En este vídeo, si se presta atención y se sube el volumen, se escucha perfectamente el sonido del agua cayendo bajo el gigantesco témpano que la encierra.
El nombre del cañón, que adopta del río y es extensible al lago, fue acuñado por un misionero cuyos caballos fueron arrastrados por la corriente. Anteriormente, los nativos lo denominaban Chaba Imne (Río del Gran Castor). Una distancia de aproximadamente 35 km separa Maligne Canyon de Maligne Lake. La carretera discurre paralela al río, salpicado de meandros y de fisonomía cambiante, alternando su cauce entre trechos asombrosamente estrechos y otros de gran amplitud.
Al llegar al lago, pagamos la novatada. El terreno que lo rodea es llano y allí la nieve se acumula hasta llegar, como ayer, al metro o más de altura. Imposible caminar sin raquetas, básicamente porque te hundes. Por supuesto, no llevábamos la ropa apropiada y, aunque estrené mis botas y mantuve los pies secos y calientes, la parte del vaquero entre el chaquetón de plumas y el límite del calzado acabó completamente mojada. La experiencia nos sirvió para elaborar una lista del equipo que vamos a necesitar cuando GP se cubra de nieve.
Las siguiente fotos muestran una mesa y bancos del área de cabañas y acampada junto al lago, y el camino abierto para acceder a los servicios públicos.
Otra lección que aprendimos de la excursión a Jasper es que jamás, nunca, volveremos a viajar sin un cd de música infantil (o, en su defecto, La Ley Innata, de Extremoduro, que también funciona). A la vuelta, nos tocó ir cantando a dos voces (la de Joe y la mía) "nursey rhymes" y canciones populares en castellano y valenciano para mantener entretenido a Aidan, que se puso un pelín gruñón (no lo culpo, después de tantas horas de coche). Milagrosamente, ni llovió, ni nevó.
Hemos planeado volver este invieno para visitar la zona de los glaciares, el río Athabasca y su valle, y algo más, si podemos; pero, esta vez tomándonos dos o tres días para recorrerlo con calma. Con esto cierro el primer capítulo dedicado a Jasper. Podría contar mucho más y publicar también unas cuantas fotografías más de las 300 y pico que saqué, pero alargaría demasiado una entrada que ya de por sí ha quedado larga.
Pensaba relatar en este post la jornada administrativa que hemos tenido que sufrir para traernos el coche a "casa". ¡¡Sí!! ¡¡Ya tenemos el coche!! Creíamos que tardaría más, y nos lo han arreglado todo hoy. La compra ha implicado que nos adentremos más en el mundo de la administración canadiense y que nos sorprendiéramos con algunos detalles. Lo dejo para otro día.
Mañana nos espera más ajetreo. Saldremos temprano para ver las casas en alquiler que nos ha encontrado Esther y tenemos entradas para ir a un partido de hockey sobre hielo por la tarde. Nos aguardan dos horas de testosterona pura sobre patines. Espero que no nos salpique la sangre.
Entre la obligación de buscar hogar y el entretenimiento deportivo, he de seguir acostumbrándome a conducir el "tanque" que tenemos aparcado a la puerta del hotel.
¡Bona nit!
Ayer fuimos a Jasper. 400 km de ida y otros tantos de vuelta que nos dejaron destrozados, pero que merecieron la pena. El paisaje nos dejó sin respiración: impresionante. Y la paz y el silencio que se respiraban, casi una experiencia mística.
Antes comento que aún no hemos visto nevar y antes nieva. Nos levantamos a las cinco de la mañana para salir a las seis. Aquí amanece sobre las nueve y empieza a oscurecer a las cuatro o cuatro y media; con el madrugón, intentábamos aprovechar las horas de luz al máximo. Cuando bajamos al coche comenzaban a caer tímidamente unos copos, que se intensificaron en la primera parte de nuestro viaje. Sintonizábamos en la radio una emisora local y según dejábamos la ciudad atrás el locutor ofrecía la predicción meteorológica: "nueva jornada soleada en GP, previsión de 4 grados bajo cero para el día de hoy y la nieve que sigue sin aparecer. Hoy tampoco nevará". Y yo mirando por la ventanilla del coche y pensando, "¡Ahí le han 'dao', han acertado de pleno!¡Qué hachas!". Y, en esto, la voz de la locutora: "¿Hoy, dices? Bueno, no sé yo, porque ahora mismo esta nevando". Y el otro: "¿Ahora? ¿Qué me dices?". Al minuto, llamó un oyente para confirmar que sí, que nevaba. Y el locutor, intentando cubrir la papeleta, recurriendo a observaciones graciosas y chistes fáciles. Me recordó a la BBC escocesa, que cada vez que consultaba la web a ver cómo iba a ser el día, no atinaban ni de casualidad. Aunque en Escocia, país de clima inestable, donde el cielo cambia de luminoso a cubierto en cuestión de segundos, no resulta nada sencillo realizar un pronóstico fiable.
Durante el trayecto en coche, tuve la oprtunidad de comprobar la inmensidad de este país. Sólo existe una única población entre GP y Jasper, Grande Cache, situada aproximadamente a mitad de camino. Entre estos tres puntos, aparte de una mina de carbón, de tamaño considerable y completamente mecanizada, kilómetros y kilómetros de "evergreen woods" (bosques de árboles de hoja perenne: pino, cedro y arce, principalmente), sin edificaciones visibles, al menos desde la carretera. Ni tan siquiera una simple gasolinera donde repostar si vas justo de fuel.
Jamás me había sentido tan sumamente inmersa en la naturaleza (ni en espacios tan increíbles como Ordesa y Monte Perdido o Aigüestortes, que considero una maravilla). El entorno, aún en la carretera, apabullaba; cuando llegamos al parque fue, por momentos, como sumergirnos en una tierra salvaje, absolutamente agreste, donde, a pesar de advertirse en algunos lugares la huella del hombre, todo parecía inalterado, incorrupto.
El Parque Nacional de Jasper se encuentra al norte de las rocosas canadienses. Su extensión ocupa alrededor de 11.000 kilómetros cuadrados, con lo que sólo nos dio tiempo a ver una pequeña (minúscula) parte (volveremos, volveremos, volveremos). El lugar alberga una fauna variada de la que pudimos contemplar in situ ardillas rojas, diferentes tipos de aves, varias cabras (especie autóctona, cabra de las rocosas, creo que la llaman), un coyote, caribús en abundancia y un animal indeterminado de grandes dimensiones, un caribú o un alce, posiblemente, en estado de descomposición que devoraban cuatro cuervos junto a la carretera. Aunque nuestro primer encuentro con la fauna local se produjo de forma accidentada, cuando estuvimos a punto de atropellar a un ciervo, unos 250 km antes de llegar a nuestro destino. Un grupo de tres atravesaron corriendo la carretera, completamente ajenos a los vehículos que circulaban, y al tercero le pudimos contar hasta las manchas del pecho, dado que Joe, con unos reflejos para mí envidiables, alcanzó a frenar a escasos dos palmos de su hocico. No me dio tiempo ni a coger la cámara de lo inesperado y la velocidad a la que sucedió todo. A las que sí me dio tiempo a inmortalizar fue a las cabras que, a la entrada del parque, interrumpían el tráfico -aparte de por cruzar la calzada sin mirar a nada ni a nadie, como los ciervos, aunque con mucha menos agilidad que éstos- porque los conductores no dudaban en detenerse para sacarles fotos.
Abajo, los caribús:
A medida que se avanza hacia el interior del parque, el paisaje se va transformando, adquiriendo un carácter más abrupto.
Sobrecoge hallarse en medio de las gigantescas montañas que forman las rocosas. Unas cumbres imponentes, coronadas por masas ingentes de nieve que inspiran un respeto casi religioso, y en las que reina tal quietud, que uno no se atreve a hablar en un tono ligeramente elevado por miedo a provocar una avalancha. Por las actividades que se ofertan, suponemos que durante el verano la aglomeración de visitantes y turistas impedirá disfrutar de esta tranquilidad. En invierno, como comprobamos, es un remanso de paz.
Nuestra visita se limitó a Maligne Canyon, Maligne River y Maligne Lake. Se ve que teníamos el día maligno del todo, ayer. El cañón causa vértigo. Es una sima pedregosa e insondable, en la que en muchos tramos apenas se vislumbra el cauce del río que recorre el fondo. En otros, se aprecia, e incluso se oye, el agua corriendo bajo las capas de hielo. Alucinante la visión de la cascada congelada.
En este vídeo, si se presta atención y se sube el volumen, se escucha perfectamente el sonido del agua cayendo bajo el gigantesco témpano que la encierra.
El nombre del cañón, que adopta del río y es extensible al lago, fue acuñado por un misionero cuyos caballos fueron arrastrados por la corriente. Anteriormente, los nativos lo denominaban Chaba Imne (Río del Gran Castor). Una distancia de aproximadamente 35 km separa Maligne Canyon de Maligne Lake. La carretera discurre paralela al río, salpicado de meandros y de fisonomía cambiante, alternando su cauce entre trechos asombrosamente estrechos y otros de gran amplitud.
Al llegar al lago, pagamos la novatada. El terreno que lo rodea es llano y allí la nieve se acumula hasta llegar, como ayer, al metro o más de altura. Imposible caminar sin raquetas, básicamente porque te hundes. Por supuesto, no llevábamos la ropa apropiada y, aunque estrené mis botas y mantuve los pies secos y calientes, la parte del vaquero entre el chaquetón de plumas y el límite del calzado acabó completamente mojada. La experiencia nos sirvió para elaborar una lista del equipo que vamos a necesitar cuando GP se cubra de nieve.
Las siguiente fotos muestran una mesa y bancos del área de cabañas y acampada junto al lago, y el camino abierto para acceder a los servicios públicos.
Otra lección que aprendimos de la excursión a Jasper es que jamás, nunca, volveremos a viajar sin un cd de música infantil (o, en su defecto, La Ley Innata, de Extremoduro, que también funciona). A la vuelta, nos tocó ir cantando a dos voces (la de Joe y la mía) "nursey rhymes" y canciones populares en castellano y valenciano para mantener entretenido a Aidan, que se puso un pelín gruñón (no lo culpo, después de tantas horas de coche). Milagrosamente, ni llovió, ni nevó.
Hemos planeado volver este invieno para visitar la zona de los glaciares, el río Athabasca y su valle, y algo más, si podemos; pero, esta vez tomándonos dos o tres días para recorrerlo con calma. Con esto cierro el primer capítulo dedicado a Jasper. Podría contar mucho más y publicar también unas cuantas fotografías más de las 300 y pico que saqué, pero alargaría demasiado una entrada que ya de por sí ha quedado larga.
Pensaba relatar en este post la jornada administrativa que hemos tenido que sufrir para traernos el coche a "casa". ¡¡Sí!! ¡¡Ya tenemos el coche!! Creíamos que tardaría más, y nos lo han arreglado todo hoy. La compra ha implicado que nos adentremos más en el mundo de la administración canadiense y que nos sorprendiéramos con algunos detalles. Lo dejo para otro día.
Mañana nos espera más ajetreo. Saldremos temprano para ver las casas en alquiler que nos ha encontrado Esther y tenemos entradas para ir a un partido de hockey sobre hielo por la tarde. Nos aguardan dos horas de testosterona pura sobre patines. Espero que no nos salpique la sangre.
Entre la obligación de buscar hogar y el entretenimiento deportivo, he de seguir acostumbrándome a conducir el "tanque" que tenemos aparcado a la puerta del hotel.
¡Bona nit!
martes, 27 de diciembre de 2011
Cars 2
Well... Segunda jornada de prospección en el mercado automovilístico. Hoy, sector coches usados. Y... ¡Nos hemos enamorado! Hemos encontrado lo que nos gusta y lo que queremos a un precio bastante razonable. Para rematar la conquista y que cayéramos irremediablemente en la trampa, nos han ofrecido unas condiciones de financiación más que aceptables. Lo mejor de todo: después de reflexionar sobre si quizá estábamos siendo poco realistas y unos insensatos, hemos sacado cuentas y no se nos dispara el prepuesto, con lo que el flechazo que se ha producido de entrada presenta visos de materializarse. Nuestra "road love story" es factible. ¡Yeehaaaaa!
El objeto de nuestro deseo es este Toyota FJ Cruiser.
Jasper National Park - Canadá
El objeto de nuestro deseo es este Toyota FJ Cruiser.
Nunca me han gustado los coches amarillos, pero en éste me encanta el color. En cuanto lo hemos visto, Joe y yo hemos intercambiado una mirada y nos lo hemos dicho todo sin palabras. Coincidimos en que es un coche con personalidad: robusto, estable, de líneas rectas y simples, muy pelado aunque con estilo y un interior espacioso. Además, conducirlo es una gozada. Estamos a la espera de que la oficia financiera nos apruebe el crédito, porque siendo recién llegados y al disponer de una visa de trabajo de tres años renovable, resulta algo más complicado. El agente del concesionario nos ha dado muchas esperanzas. Así que dedos cruzados y energía positiva. Si todo sale bien, la semana que viene dejaremos el coche de alquiler y botaremos nuestro "yellow submarine".
En nuestro periplo de hoy, hemos pasado de nuevo por zonas residenciales y he sacado algunas fotos. Las imágenes pertenecen al vecindario de Crystal Lake.
Las siguientes están tomadas desde un embarcadero situado justo en la orilla opuesta a las casas que rodean el lago, que es la extensión congelada de color blanco que ocupa el centro de la foto.
Estoy reventada. Aidan no se acaba de adaptar al cambio horario. Durante el día, está un poquito más inquieto y protestón de lo normal en él y se despierta varias veces llorando a lo largo de la noche. Hasta ahora no lo he llevado mal, pero parece que hoy me han caído encima todo el cansancio acumulado y la falta de sueño y la espalda me está matando. Ahora mismo se me cierran los ojos...
Y mañana toca madrugón. Aunque sarna con gusto no pica, según dicen. Nos vamos de excursión al Parque Nacional de Jasper y pasaremos todo el día fuera de GP. Por lo que hemos podido comprobar de antemano en fotos y guías turísticas, el paisaje es una maravilla. Pinta muy muy bien. Mi agotamiento y yo lo vamos a disfrutar. ¡Vaya que sí!
Dejo un enlace para ir abriendo boca... (y para que se pueda apreciar en todo su esplendor, porque mis fotos no serán, ni de lejos, tan alucinantes como éstas).
Bona nit!
lunes, 26 de diciembre de 2011
Coches, botas y un invierno amable
Nos hemos pasado el "Boxing Day" (como se denomina en UK, y en los países que formaron parte del Imperio Británico, al día siguiente al de Navidad) conduciendo por GP. Pero, no el Cherokee que llevamos de prestado, no. Hemos ido de concesionarios -a los pocos que abrían, porque es medio festivo en Alberta- para sondear el mercado automovilístico con vistas a comprar. Igual quedo un poco de pardilla, o quizá era la política de empresa de la Renault a la que acudimos no en una, sino en dos ocasiones; pero, en España, jamás me invitaron a darme un paseito de prueba ni cuando compré la Scenic, ni luego con el Clio. Hoy hemos probado cuatro diferentes. ¡Qué gustito eso de dar vueltas en coches flamantes e impecables! Y en la amplitud de los carriles de estas carreteras, adecuadas al tamaño XL de los vehículos, que no se ven congestionadas aunque haya mucho tráfico, se conduce con mayor desahogo y confortabilidad. "Big country, big cars", sentenciaba Joe ante uno de los comerciales con los que hemos tratado esta mañana. "And big roads", añadiría yo.
Cuelgo un par de fotos tomadas cerca del centro de GP desde el coche (que no cunda el pánico, las he sacado cuando conducía Joe ;-P) donde se pueden apreciar las carreteras locales.
Aunque aún tenemos nuestras reservas y estamos contemplando también las opciones del mercado de segunda mano, lo que tenemos claro es que nos hace falta coche propio y nos hace falta ya. El de alquiler sale por un pico: 70 dólares por día. Y si lo único caro fuera el coche...
En general, Canadá, o por lo menos, Alberta, no es un país barato. Los artículos de primera necesidad cuestan como un 20% más que en UK. En Aberdeen ya noté un aumento en el gasto de la compra semanal respecto de Edimburgo, y eso que acudía a la misma cadena de supermercados en las dos ciudades. Pero aquí, se me cae la boca cada vez que miro los precios. Joe está cansado ya de mi comentario sobre lo excesivo del coste de los productos cada vez que vamos al super, ya se trate de una barra de pan (2,29 dólares una baguette, 1,45 libras) o de un paquete de pañales (52 unidades de Pampers, 17 dólares; lo que representa desembolsar unas 3 libras más que en UK). Por contra, la ropa y el calzado resultan ligeramente más económicos.
Después de un exhaustivo estudio de marcas y modelos, comparando características y relación calidad/precio, al fin he adquirido las botas que mantendrán mis pinreles calentitos y a salvo cuando llegue el invierno de verdad. Aquí no te puedes arriesgar. El calzado apropiado para la nieve tiene que ser waterproof, con material aislante en el interior, de caña alta y reforzado en el remate superior (se nota que he estado investigando, eh?). Mis botas de montaña, de momento, van bien, pero en cuanto las temperaturas desciendan, se me quedarán cortas. Las que me he agenciado cumplen todos los requisitos por el módico precio de 127 dólares (menos de 80 libras). Aunque los expertos recomiendan la marca Sorel, me he decidido por unas Merrell por la sencilla razón de que son mucho más ligeras y una patosa como yo no necesita añadirse dificultades y menos aún cuando no sé cómo me apañaré andando sobre metro o metro y medio de nieve y encima cargando a Aidan en la Boba (aunque acabo de visualizar mentalmente un carro con esquíes, que igual no es mala idea, por que el de ruedas me parece a mí que va a ser que no). Y aquí están mis chicas (disculpas por la calidad de la foto, pero las prefiero sin flash):
Estoy deseando que llegue el auténtico frío y que nieve en abundancia para estrenarlas (lo sé, lo sé: me voy a arrepentir de este comentario). Hasta ahora hemos sido muy afortunados, según nos han asegurado varias personas. Desde que llegamos, no hemos visto nevar (lo que se ve en algunas fotos ya estaba y, aunque se va deshaciendo, no se acaba de derretir) y la temperatura no ha bajado más allá de los menos cuatro/cinco grados (inciso: guiño cómplice y cariñoso para una fiel devota de las pieles de mamut). Este frío, además, al ser seco, casi no se nota si vas bien abrigado. Con temperaturas más altas, he temblado en Edimburgo. La humedad escocesa te cala y el helor se mete en los huesos, dejándote aterido. Aquí, todavía no he experimentado esa sensación de agarrotamiento glacial. Nos dicen que este invierno esta siendo atípico, muy suave para estas fechas. El año pasado en el mes de septiembre tenían metro y medio de nieve y estaban a menos 35 grados. Lo habitual por estas latitudes. El mánager del restaurante del hotel nos explicaba que su madre, una señora ya mayor, salió de su casa dos veces contadas el último invierno (¡no lo quiero ni pensar!). Todos con los que hemos hablado repiten que esto no es normal y que nos preparemos para enero y febrero. Por cómo lo comentan -entre sorprendidos y espantados, con cierta incredulidad temerosa- parece, incluso, como si en los próximos meses esperaran más dureza climática de la usual, a modo de castigo por este "mild winter", que se ha materializado como un regalo al que no están acostumbrados, que no les pertenece. En cierta manera, no se permiten disfrutar completamente del "buen tiempo" porque están más pendientes de lo que está por venir que del excepcional presente que les ha tocado en suerte. Nosotros, en previsión de que se cumplan los malos augurios, ya nos hemos procurado unas buenas botas.
Cuelgo un par de fotos tomadas cerca del centro de GP desde el coche (que no cunda el pánico, las he sacado cuando conducía Joe ;-P) donde se pueden apreciar las carreteras locales.
Aunque aún tenemos nuestras reservas y estamos contemplando también las opciones del mercado de segunda mano, lo que tenemos claro es que nos hace falta coche propio y nos hace falta ya. El de alquiler sale por un pico: 70 dólares por día. Y si lo único caro fuera el coche...
En general, Canadá, o por lo menos, Alberta, no es un país barato. Los artículos de primera necesidad cuestan como un 20% más que en UK. En Aberdeen ya noté un aumento en el gasto de la compra semanal respecto de Edimburgo, y eso que acudía a la misma cadena de supermercados en las dos ciudades. Pero aquí, se me cae la boca cada vez que miro los precios. Joe está cansado ya de mi comentario sobre lo excesivo del coste de los productos cada vez que vamos al super, ya se trate de una barra de pan (2,29 dólares una baguette, 1,45 libras) o de un paquete de pañales (52 unidades de Pampers, 17 dólares; lo que representa desembolsar unas 3 libras más que en UK). Por contra, la ropa y el calzado resultan ligeramente más económicos.
Después de un exhaustivo estudio de marcas y modelos, comparando características y relación calidad/precio, al fin he adquirido las botas que mantendrán mis pinreles calentitos y a salvo cuando llegue el invierno de verdad. Aquí no te puedes arriesgar. El calzado apropiado para la nieve tiene que ser waterproof, con material aislante en el interior, de caña alta y reforzado en el remate superior (se nota que he estado investigando, eh?). Mis botas de montaña, de momento, van bien, pero en cuanto las temperaturas desciendan, se me quedarán cortas. Las que me he agenciado cumplen todos los requisitos por el módico precio de 127 dólares (menos de 80 libras). Aunque los expertos recomiendan la marca Sorel, me he decidido por unas Merrell por la sencilla razón de que son mucho más ligeras y una patosa como yo no necesita añadirse dificultades y menos aún cuando no sé cómo me apañaré andando sobre metro o metro y medio de nieve y encima cargando a Aidan en la Boba (aunque acabo de visualizar mentalmente un carro con esquíes, que igual no es mala idea, por que el de ruedas me parece a mí que va a ser que no). Y aquí están mis chicas (disculpas por la calidad de la foto, pero las prefiero sin flash):
Estoy deseando que llegue el auténtico frío y que nieve en abundancia para estrenarlas (lo sé, lo sé: me voy a arrepentir de este comentario). Hasta ahora hemos sido muy afortunados, según nos han asegurado varias personas. Desde que llegamos, no hemos visto nevar (lo que se ve en algunas fotos ya estaba y, aunque se va deshaciendo, no se acaba de derretir) y la temperatura no ha bajado más allá de los menos cuatro/cinco grados (inciso: guiño cómplice y cariñoso para una fiel devota de las pieles de mamut). Este frío, además, al ser seco, casi no se nota si vas bien abrigado. Con temperaturas más altas, he temblado en Edimburgo. La humedad escocesa te cala y el helor se mete en los huesos, dejándote aterido. Aquí, todavía no he experimentado esa sensación de agarrotamiento glacial. Nos dicen que este invierno esta siendo atípico, muy suave para estas fechas. El año pasado en el mes de septiembre tenían metro y medio de nieve y estaban a menos 35 grados. Lo habitual por estas latitudes. El mánager del restaurante del hotel nos explicaba que su madre, una señora ya mayor, salió de su casa dos veces contadas el último invierno (¡no lo quiero ni pensar!). Todos con los que hemos hablado repiten que esto no es normal y que nos preparemos para enero y febrero. Por cómo lo comentan -entre sorprendidos y espantados, con cierta incredulidad temerosa- parece, incluso, como si en los próximos meses esperaran más dureza climática de la usual, a modo de castigo por este "mild winter", que se ha materializado como un regalo al que no están acostumbrados, que no les pertenece. En cierta manera, no se permiten disfrutar completamente del "buen tiempo" porque están más pendientes de lo que está por venir que del excepcional presente que les ha tocado en suerte. Nosotros, en previsión de que se cumplan los malos augurios, ya nos hemos procurado unas buenas botas.
domingo, 25 de diciembre de 2011
Reconociendo el terreno
Hemos dedicado los dos últimos días a recorrer los alrededores y explorar el lugar en el que nos hemos establecido. Definitivamente, Grande Prairie no impresiona por su belleza. Es una ciudad desperdigada, que ha crecido de forma anárquica y no presenta una estructura clara u organizada. El centro sí está dividido en calles más o menos paralelas o alineadas, pero se compone de tres, cuatro calles a lo sumo. El núcleo urbano está enfocado a diversos tipos de negocios: tiendas de ropa, zapaterías, supermercados, bancos, hoteles... y observa un carácter estrictamente comercial; las viviendas en este área son escasas. Las construcciones consisten mayoritariamente en edificicios de una única planta. Es curioso visitar un centro comercial (el "mall", le llaman aquí) o unos grandes almacenes y no hallar ni una sola escalera mecánica. Deduzco que el motivo para ello estriba en que el espacio no representa un problema y esto favorece el crecimento en horizontal. La ciudad aún dispone de kilómetros y kilómetros por edificar, por ello se construye en llano y no hay necesidad de apilar los inmuebles en pisos. La falta de altura en un lugar ubicado en una llanura inmensa, otorga a la ciudad una apariencia plana y uniforme, dando incluso una sensación de aplastamiento. El río y la hondonada que acoge el parque Muskoseepi, el principal y más grande de los varios que existen en GP, suponen los únicos desniveles que rompen la uniformidad de esta parte de la población.
Para compensar, las zonas residenciales, situadas al norte y sur del centro urbano, están planeadas con un diseño circular de calles y veredas serpenteantes. Frente a la holgura de las construcciones del centro, separadas por anchas avenidas y carreteras, en los vecindarios de los suburbios las viviendas, generalmente unifamiliares con presencia de algún bloque bajo de apartamentos, se agrupan en semicírculos, más apretadas y proximas las unas a las otras, aunque dejando espacio suficiente para la intimidad. Están fabricadas de madera, con el armazón interior de un conglomerado grueso, como pudimos apreciar en las casas a medio construir, y revestimiento externo de laminado, para permitir un mejor aislamiento. Muchas de ellas cuentan con un coqueto y acogedor porche en la entrada.
Los barrios residenciales, algunos envolviendo lagos y otros rodeados de naturaleza, encierran mayor encanto que la ciudad en sí. A primera vista, parecen entornos muy agradables para vivir. El típico vecindario familiar de película disney en el que la abuelita de la puerta de al lado hornea galletas y se ofrece amablemente para cuidarte a los niños mientras sales a hacer recados.
La dispersión y la considerable distancia que separa los sectores habitados del centro urbano comercial exigen el uso diario del coche. A ello se une el hecho de que en las temporadas de grandes nevadas resulta más fácil desplazarse al volante que caminando. Muchos establecimientos disponen de "Drive thru" (lieralmente, "conducir a través"; básicamente, el sistema del MacAuto), y se puede tomar un café de Starbucks o sacar dinero de un cajero automático sin bajarse del automóvil. Mayor comodidad, imposible.
Para compensar, las zonas residenciales, situadas al norte y sur del centro urbano, están planeadas con un diseño circular de calles y veredas serpenteantes. Frente a la holgura de las construcciones del centro, separadas por anchas avenidas y carreteras, en los vecindarios de los suburbios las viviendas, generalmente unifamiliares con presencia de algún bloque bajo de apartamentos, se agrupan en semicírculos, más apretadas y proximas las unas a las otras, aunque dejando espacio suficiente para la intimidad. Están fabricadas de madera, con el armazón interior de un conglomerado grueso, como pudimos apreciar en las casas a medio construir, y revestimiento externo de laminado, para permitir un mejor aislamiento. Muchas de ellas cuentan con un coqueto y acogedor porche en la entrada.
Los barrios residenciales, algunos envolviendo lagos y otros rodeados de naturaleza, encierran mayor encanto que la ciudad en sí. A primera vista, parecen entornos muy agradables para vivir. El típico vecindario familiar de película disney en el que la abuelita de la puerta de al lado hornea galletas y se ofrece amablemente para cuidarte a los niños mientras sales a hacer recados.
La dispersión y la considerable distancia que separa los sectores habitados del centro urbano comercial exigen el uso diario del coche. A ello se une el hecho de que en las temporadas de grandes nevadas resulta más fácil desplazarse al volante que caminando. Muchos establecimientos disponen de "Drive thru" (lieralmente, "conducir a través"; básicamente, el sistema del MacAuto), y se puede tomar un café de Starbucks o sacar dinero de un cajero automático sin bajarse del automóvil. Mayor comodidad, imposible.
sábado, 24 de diciembre de 2011
Álbum: Curiosidades del choque cultural
Imágenes de cosas, escenas o lugares que me han llamado la atención, asombrado, horrorizado... en muestros primeros días en Grande Praire.
Buscando unas buenas botas para la nieve y el frío fui a caer en esta tienda de ¿deportes? Sí, parece ser que vivimos en un país de cazadores.
Por supuesto, no podía faltar la munición para tanta arma... Las cajitas apiladas son cartuchos.
En el mismo establecimiento, tenían este animalico a la venta: un tigre siberiano. Al loro con el precio: ¡¡6.999,99 dólares canadienses!! Extravagancia para excéntricos... ¡Vaya! Una frikada total...
¡Awesome!¡Un bicho de impresión! Y muy navideño, con su gorrito y todo...
En la pared de la oficina de licencias de conducción cuelga este mapa de Canadá, rodeado por las placas de matrícula de todas las provincias del país. Me encantan los osos de las regiones árticas canadienses, Nunavut y Norwest Territories, habitadas en su mayoría por los Inuit.
En la misma oficina, tienen un panel con todas las placas pertenecientes a la provincia de Alberta.
Y aquí el Papá Noel tradicional o Santa pre-coca cola... De blanco impoluto; de los que van de rojo no se ven muchos por estos lares.
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